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La Isla Socorro | El Caminante

Por Jorge Martínez Ibarra

Zapotlán El Grande, Jalisco. 29 de junio de 2022. (Letra Fría) Después de un extenuante de viaje de más de 20 horas a bordo del barco, llegamos a la isla. Amanecía, los tonos rojizos del sol se mezclaban con el profundo azul turquesa del mar y el oleaje mecía la embarcación a manera de bienvenida. El desembarco no fue tan complicado: con ayuda de los marinos bajamos nuestro equipo y mochilas a unas lanchas con motor fuera de borda en las cuales poco a poco nos fuimos acomodando para trasladarnos al muelle. Una vez ahí, cargamos nuestros bastimentos y equipo en una camioneta pickup que nos transportaría a la Base Militar. 

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La isla Socorro tiene una superficie aproximada de 132 kilómetros (km) cuadrados: 16.5 km de largo por 11.5 km de ancho. Desde que fue establecida como estación naval, la misión de los militares acuartelados en la isla es realizar operaciones de vigilancia para evitar el contrabando de productos marinos, la salvaguarda de la vida humana en el mar, la detección de posibles rutas de narcotráfico y de tráfico ilegal de armas.

La vía de acceso a la base militar desde el muelle era una brecha balastreada en la cual conforme avanzábamos admirábamos el paisaje que teníamos frente a nosotros: el inmenso mar, el amplio cielo en el que cruzaban de manera constante una gran cantidad de aves y el pedregoso e irregular camino en donde las sacudidas, los saltos y los constantes movimientos acabaron de despertarnos… ¡al fin habíamos llegado!

En ese entonces Isla Socorro contaba con dormitorios, baños y regaderas para los infantes de marina, un pequeño comedor, un centro de salud, una panadería, una tienda, una aeropista, una estación de radiotransmisiones, una planta eléctrica, una potabilizadora de agua, alojamientos para las autoridades militares y un grupo de viviendas donde habitaban algunos de los marinos con sus familias. Imposible olvidar que también había una cancha de fútbol, una de basquetbol y una volybol, donde se realizaron intensos partidos, en más de alguno de los cuáles participamos…

Nos alojamos en los dormitorios de los infantes de marina. Acostumbrados éstos al trato rígido y vertical común en la milicia, nosotros les representábamos curiosidad e interés. ¿Qué hacen aquí, para qué vinieron, cuanto tiempo se quedarán, de donde son, que edad tienen? eran algunas de las preguntas más constantes. A los 18 años, cuando apenas estábamos iniciando nuestro trayecto por la vida éramos unos chavales inocentes, ávidos de aventuras y de conocer el mundo. Quizás ello valió para que nuestros rudos compañeros de cuarto nos aceptaran rápidamente ya que no les representábamos ninguna amenaza.

Así que ¡manos a la obra! La intención de nuestra estancia como estudiantes de Biología era monitorear diversos ecosistemas y organismos presentes en la isla para conocer un poco de su ecología y su estatus actual. Así que nos dividimos en equipos de acuerdo a nuestro interés: aves, insectos, moluscos, mamíferos y vegetación. Si bien ocasionalmente nos apoyábamos entre los grupos de trabajo, por lo general cada uno trabajaba por su cuenta en distintas partes de la isla y posteriormente nos reuníamos al atardecer, una vez que retornábamos a la base para intercambiar las experiencias del día y para luego ir a descansar, preparándonos para la jornada la jornada siguiente.

Yo me integré al equipo que trabajaría con mamíferos, específicamente con un borrego introducido a la isla hacía aproximadamente 100 años. La intención era atrapar diversos ejemplares (machos, hembras, juveniles, crías) y obtener sus medidas morfométricas (largo, ancho, altura, peso) así como registrar su  estado de salud, la edad aproximada y el sexo con la finalidad de comparar dichos datos con los de borregos domésticos continentales para identificar las modificaciones de los animales silvestres en esos cien años. Era un proyecto sumamente interesante y fue el tema de la tesis de licenciatura en Biología de Memo Barba, uno de los coordinadores de esa expedición y un buen amigo hasta la fecha.

En teoría sonaba fácil pero en la práctica no lo resultó en absoluto. Contábamos con un equipo muy básico (libretas de campo, mochilas, algunas cuerdas, redes, binoculares y pintura para marcar los animales) pero carecíamos de dispositivos para dormir a la distancia a los animales (como dardos tranquilizantes) o mecanismos eficientes para capturarlos. Por ello, tuvimos que adecuarnos a nuestras magras circunstancias.

Las primeras salidas de campo las utilizamos para identificar los sitios más frecuentados por las manadas de borregos silvestres y realizamos observaciones a la distancia acerca de su comportamiento, la cantidad de animales, el número de hembras y crías y  reconocer a los machos dominantes, varios de los cuáles tenían grandes cuernos enroscados que no dudarían en usar en caso de sentirse amenazados, los cual los podría volver peligrosos.

Al final de esta primera etapa de observación nos dimos cuenta que los animales, más que defenderse, preferían huir. La principal causa era la constante cacería de que eran objeto con la finalidad de abastecer la demanda local de carne roja. Por ello, el sonido de vehículos acercándose los ponía en alerta y la posterior detonación de armas de fuego los hacía huir.

Cabe mencionar que los borregos se habían reproducido de tal manera que se habían convertido ya una plaga y estaban afectando el frágil ecosistema natural de la isla, por lo que la caza con fines alimenticios era un eficiente mecanismo de control poblacional. Haciendo un paréntesis en la narración, he de comentar que los primeros días que probamos el borrego preparado en el comedor nos encantó el sabor, la suavidad y la textura de la carne…aunque tal opinión no era muy compartida por el resto de los comensales, desconociendo nosotros la causa. 

Con el transcurrir de los días la identificamos. Los huevos en el desayuno y la carne de borrego en la comida era la principal y más accesible fuente de proteína para los marinos, por lo que después de una semana de estar probando el mismo sabor fuerte, oloroso y en ocasiones pesado para digerir, comprendimos su hartazgo. Si a eso le sumamos que el complemento del guiso eran frijoles negros cocidos…

Regresando a la narración de la observación de los borregos en campo, nos dimos cuenta que atraparlos iba a ser sumamente difícil. Intentamos varias estrategias: una de ellas fue instalar comederos bajo grandes y frondosos árboles en los cuáles nos escondíamos y una vez que los animales se acercaban, dejábamos caer redes sobre ellos, con poco éxito; otra un poco más burda pero eficiente fue agazaparnos alrededor de una manada y cual depredadores silvestres, utilizar los principios de la selección natural: escoger los animales más lentos, viejos o vulnerables y atraparlos, no sin cierta dificultad.

El primer ejemplar que logramos apresar de esta forma nos representó todo un triunfo: era un macho joven y fuerte con una pata lastimada que se sacudía nervioso todo el tiempo; lo medimos, lo pesamos y registramos sus datos en nuestras libretas de campo. Posteriormente lo marcamos con pintura indeleble y lo dejamos en libertad. Nuestra agitada respiración, los rostros enrojecidos y sudorosos y los cuerpos adoloridos por el esfuerzo se vieron compensados cuando sonrientes compartimos el primer registro con nuestros compañeros.

La logística para el trabajo de campo suponía estarnos moviendo constantemente a lo largo y ancho de la isla, siguiendo a las manadas que habíamos identificado con anterioridad; esto implicaba acampar en diferentes puntos durante tres días cada vez, dividiéndonos para ello en equipos de dos o de tres personas. El calor húmedo de más de 30 grados centígrados nos jugaba malas pasadas durante los trayectos realizados a lo largo del día, aunque refrescaba un poco durante la noche. Debido a la carencia de fuentes de agua potable al interior de la isla, teníamos racionado el vital líquido y solamente lo utilizábamos para beber y preparar nuestros alimentos.

En cierta ocasión el equipo completo se reunió en una de las zonas altas de la isla, bajo la cobertura de amplios y espesos árboles ya que tomaríamos ese sitio como punto de referencia para los sucesivos recorridos a llevarse a cabo. Estar todos reunidos implicaba desarrollar una adecuada logística para el manejo eficiente del tiempo y el espacio, la planeación de las actividades y la toma de decisiones conjuntas.

Utilizando la cobertura de los frondosos árboles aledaños empezamos a establecer el campamento. En esa ocasión utilizamos una casa de campaña grande con una armazón metálica y cubierta de lona con capacidad para diez personas. La intención era contar con espacio suficiente para movernos con cierta comodidad al interior, proteger nuestras cámaras y resguardar los documentos y la papelería de la lluvia. Instalar la carpa nos implicó limpiar el terreno, tensar la tienda estacando cada esquina y colocar la estructura tubular de tal manera que nuestro refugio se mantuviera rígido y estable.

Afuera, en los árboles que rodeaban la tienda colgamos nuestras cazuelas, ollas, tazas y demás accesorios de cocina, así como algunos víveres. Dispusimos de un sitio para la fogata en la cual cocinaríamos nuestros alimentos y arreglamos otro espacio para sentarnos, descansar o colgar nuestras hamacas. Comenzó a llover, lo que nos implicó reacomodar algunas de nuestras pertenencias para evitar que se mojaran. Aguantamos la pertinaz lluvia un rato afuera de la carpa cubiertos con impermeables y charlando animadamente, bebiendo café y bromeando acerca de las innumerables peripecias vividas hasta ese momento.

La lluvia se hizo más fuerte y el refugio bajo las copas de árboles ya no fue suficiente, por lo que ingresamos a la tienda. Entonces, intempestivamente, llegó el huracán.

Aquí puedes leer la primera columna sobre esta emocionante experiencia Travesía hacia la isla… | El Caminante

MA/MA

Profesor e Investigador del Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara. Productor audiovisual. Apasionado de los viajes, la fotografía, los animales, la buena lectura, el café y las charlas interesantes.
Columnista en Letra Fría.
Correo: jorge.martinez@cusur.udg.mx

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