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Una casilla, desde dentro

Carlos Efrén Rangel nos comparte su experiencia como funcionario de casilla, concretamente como presidente de la mesa de votación, en el proceso electoral más grande en la historia de México que se vivió este domingo.

Foto: INE

Hace unas semanas tocaron a mi puerta en un horario en que el sol aún acribilla. Al abrir me sonrió una joven que con la frente perlada de sudor me informó que había sido sorteado para ser funcionario de casilla, guardé silencio durante cinco segundos en los que mentalmente busqué un pretexto legítimo para evitar el cargo.

Ya estoy alejado de la refriega reporteril que viví hace años y mi interés en enfocar la enseñanza hacia la educación para la ciudadanía es genuino, así que acepté. Días después me nombraron presidente de la mesa de votación.

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Tomé un curso en línea para aprender conceptos y procedimientos, y confieso que solo pude acudir a la mitad de los simulacros organizados. Con todo, el miércoles de la semana anterior recibí kilos y kilos de papelería y materiales con los que monté la casilla Contigua Tres, en la escuela primaria de la que soy vecino.

El domingo desperté temprano y puse todo en mi coche. Llegué cuarenta minutos antes de las ocho y de a poco llegaron las demás funcionarias, todas mujeres, quince minutos antes del arranque llegó una suplente pues la titular anunció que no podría estar.

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Comenzamos a organizar mesas, sacar sillas, disponer papelería, montar mamparas, armar urnas, llenar el acta, recibir a los representantes partidistas y escuchar sus sugerencias de organización, faltaban cinco minutos a las nueve de la mañana cuando pudimos recibir el primer voto.

Corrimos con la suerte de conformar un buen equipo, y que todos estuvimos a tiempo. La mayoría de los retrasos en el resto de las secciones fue porque no podían completar la mesa directiva.

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Hasta las dos de la tarde no percibí el paso de las horas, se me fue la vida en recibir ciudadanos y verificar con atención los tres filtros: dedo sin pintar, credencial sin marcar e identificado en el listado nominal, los representantes de partido nos soplaron el número para que la espera del ciudadano fuera menor; corté y entregué decenas y decenas de grupos de seis boletas, mientras mis compañeras, registraron en actas, marcaron credenciales y dedos, organizaron personas, priorizaron adultos mayores y embarazadas, escuchando los justos reclamos de los ciudadanos que gastaron una parte de su domingo esperando a votar.

El flujo disminuyó una hora que aprovechamos para la comida, que nos invitaron las personas del INE y del IEPC, ignoro exactamente quién.

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El último voto cayó dos minutos antes de las seis, cerramos en tiempo, contamos votantes en el listado nominal dos veces, también las boletas sobrantes. Luego abrimos urnas y contamos votos, a la vista de representantes de partido que cuando tenían dudas de la manera de marcar un sufragio lo dialogamos.

A las nueve de la noche ya teníamos cifras, pero las actas las terminamos de llenar casi a las once y media, una hora más para armar paquetes.  

A la una y media de la mañana salimos rumbo a las instalaciones distritales de la autoridad electoral. Eran las dos y media ya del lunes cuando pude poner la cabeza en la almohada. Me pagaron 550 pesos que agradezco. El sistema electoral mexicano tiene un montón de fallas, pero en las casillas, los ciudadanos ponen el cuerpo para dar certezas.

Tres cosas sentí groseras que antes no hecho consciente: los reclamos de los ciudadanos formados acusándonos de ineptos por no recibir votos de manera inmediata. En la noche, candidatos declarándose ganadores en elecciones que nosotros aún no terminábamos de contar y, por último, personas candidatas a quienes les pusieron un reverendo baile insinuando que perdieron porque en las casillas alteramos resultados.

De haber trampas ocurrieron fuera, no a la vista de amas de casa, intendentes, estudiantes y de profes que dedicamos horas y horas de nuestra vida para que la democracia ocurra.

A mis compañeras: qué alegría y tranquilidad me dio reconocerlas como vecinas. Gracias por todo.

Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Maestro en Educación Básica.

Actualmente es profesor de español en secundaria y de Maestría en la Unidad 143 de la UPN. Desde los 17 años ejerció como reportero y comunicador en radiodifusoras y periódicos locales en Autlán. Aficionado práctico de la literatura, la crónica taurina y las columnas de opinión.

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